Por: Nerys Leonel Rivas
En la política, los hechos se repiten como si fueran ecos de un mismo error. Ayer fue Chile. Hoy es Ecuador. Ambos procesos nos dejan lecciones profundas sobre el pulso real entre gobernantes y gobernados.
El presidente Daniel Noboa impulsó un referéndum que buscaba, entre otras cosas, cambios constitucionales. El resultado fue contundente: un NO aplastante. Y la pregunta aparece sola:
¿Por qué algunos presidentes creen que los males del pueblo se resuelven con reformas constitucionales?
La historia reciente debería servir de espejo. En Chile, el gobierno de Gabriel Boric, que llegó al poder con un respaldo electoral sólido y un clima de renovación, tampoco logró que el proyecto de nueva Constitución fuera aprobado. La ciudadanía, incluso aquella que lo apoyó, decidió que no era el camino. Y ahora Ecuador repite el guion.
Lo que estas experiencias muestran es que el pueblo no siempre premia la ambición reformista, especialmente cuando percibe que las soluciones ofrecidas son más políticas que prácticas. A veces los presidentes se enamoran de la idea de “refundar” el país, como si una nueva carta magna fuera la llave mágica que abre todas las puertas. Pero las valoraciones, los resultados y el humor social dicen otra cosa:
la gente quiere resultados concretos, no nuevas constituciones.
Hoy Ecuador envía un mensaje claro —igual que Chile lo hizo antes—:
la solución no siempre está en reescribir las reglas, sino en gobernar con sensibilidad, humildad y resultados tangibles.
La política tiene lecciones duras. Y esta es una de las más importantes:
cuando el poder no escucha, el voto habla.



