Donald Trump ha vuelto a hacerlo. Con un decreto tan explosivo como impredecible, ha sacudido los cimientos del comercio global al imponer aranceles universales del 10% a todas las importaciones que ingresen a Estados Unidos, sumando tasas aún más agresivas a sus llamados “peores infractores”. Y esta vez, ni aliados ni enemigos se salvan. El proteccionismo trumpista ha regresado, más duro, más crudo, más incendiario.
Lo que él llama “Día de la Liberación” para Estados Unidos, para el resto del mundo es el preludio de una tormenta económica. Las bolsas se desploman, los gobiernos reaccionan con incredulidad y urgencia, y la amenaza de una guerra comercial de proporciones históricas se convierte en una dolorosa realidad. ¿Estamos ante un acto de estrategia comercial o una declaración de guerra económica global?
El daño es evidente. Los productos cotidianos —como computadoras de Taiwán, vino italiano, mantequilla irlandesa o zapatillas de Vietnam— se encarecerán en los hogares estadounidenses. Los países que han construido sus economías alrededor de la exportación se enfrentan ahora a un muro, uno que amenaza décadas de progreso, de apertura, de cooperación. Trump ha elevado los aranceles estadounidenses a sus niveles más altos en más de cien años. No es una táctica, es un golpe directo al corazón del libre comercio.
Y lo más grave: su lógica es tan opaca como peligrosa. Castiga a países que compran más de lo que venden a EE.UU. (como Australia o Brasil), y ataca a economías emergentes que solo buscan estabilidad. ¿Cuál es el mensaje? Que nadie está a salvo del “America First”. Que la política exterior de Trump es una ruleta que gira al ritmo de su retórica más populista.
China responde con fuerza. La Unión Europea prepara represalias. Asia convoca gabinetes de crisis. Mientras tanto, Estados Unidos se aísla, autoinfligiéndose una inflación que terminarán pagando sus propios ciudadanos. Lo barato se acabó, y la factura ya llegó.
Este no es un movimiento para proteger al trabajador estadounidense. Es una maniobra política envuelta en nacionalismo económico. Porque si bien es cierto que el sistema global necesita reformas, lo que Trump propone no es reforma: es ruptura. Es sabotaje.
La historia lo juzgará. Pero el presente ya lo siente: caos, incertidumbre y la sombra de una guerra comercial que nadie quiere, pero que muchos deberán enfrentar.
¿Tarifa o tormenta? El mundo ya eligió la respuesta. Ahora falta que Estados Unidos entienda el costo.